El
mundo no parecía tan grande desde aquel lugar, podía distinguir los colores
verdes y tierra de los paisajes del exterior, casi oler las flores y los frutos que colgaban
de las grandes plantaciones de árboles frutales. La ventanilla emitía un sonido repetitivo
como la campanilla de algún móvil
colgante, le recordaba a alguna música conocida. Una extraña corriente pasó por
su vera, la piel se le erizó, se rebulló en el asiento, se tapó con la
confortable mantita de viaje, la corriente volvió a pasar por su lado. Se iba
acostumbrando poco a poco a identificar cada nueva sensación, desde el
accidente todo había cambiado, había cambiado el entorno, los amigos, la casa y
ahora el lugar donde vivir también cambiaba. Asumía como un reto ese nuevo
mundo que desde la oscuridad de sus ojos ya sin vida tenía que descubrir.
Identificaba cada olor, cada color que se escondía en los recuerdos de su
mente, cada forma, algunas caprichosas y cambiantes en las imágenes que
dibujaba en su cerebro. Lo único que no identificaba, a solas en el asiento del
tren, era la corriente caprichosa que a ratos pasaba a su lado recordándole el
aroma de un perfume conocido.
La lista de mis libros leídos me hace recordar, que la cultura y el manejo de la palabra solo se ven si escribes. Durante un largo periodo de mi vida, mientras mis amigas compraban chucherías, fruslerías y plata y oro, yo compraba libros que leía mendigándole horas al día y a la noche. Ahora se para qué serviría en un futuro el tesoro que yo guardaba tan celosamente. Mis libros,mis letras, mi tesoro.
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sábado, 13 de diciembre de 2014
Corazón de LA para Deivid
A
Los Ángeles se accede desde la
autopista del Sur, intentas no perder la paciencia en las tres horas de cola
interminable que como una serpiente de
luz cubren los seis carriles. Llevas el sol todo el rato frente a tus ojos,
y dejas a tu derecha interminables washingtonias
robustas que despliegan sus palmas pidiendo auxilio al mismísimo
cielo. En la radio escuchas KissFM y todos los temas te suenan a añejos,
a repetidos, mientras cantas observas en la distancia, nostálgica, las caras
fantasmas de un muro que tras su blanca palidez esconde al maravilloso Hotel California. Vuelan a tu alrededor colitas ascendentes que coquetean a
forma de lluvia con el parabrisas del coche. A tu izquierda te sobrepasa una limousin de cinco pisos blanca y el sol,
sin justicia, envuelve el ambiente de amarillo dorado irradiado brillante a las
doce del mediodía. Entonces al fondo ves la ciudad mágica, el corazón de LA se eleva por encima del resto de la
ciudad que se desparrama de forma circular desde donde estás hasta el mar.
Desde encima del scalextric
multicolor y acelerado, detrás del letrero de LAX se ve palpitar la ciudad, como si fuera un gigante enorme a
punto de desperezarse. Entras por la zona suburbial, los barrios peligrosos,
esos en los que la gente no entiende de la riqueza de Hollywood ni de la fastuosidad de Venice Beach. Luego coges la avenida del Mar, esa que se hunde en
un subterráneo interminable, y terminas precipitándote en Marina del Rey, allí es donde la gente como tú y como yo paseamos,
nos acercamos peligrosamente a los pelícanos y a las gaviotas y buscas un lugar
en el césped limpísimo en donde comerte un hotdog
con patatas fritas y un enorme vaso de Coca-cola.
Deivid, pero si quieres venir
conmigo a LA, búscate una bonita y
alta palmera y contempla como vuelan los ángeles de California rondando su copa buscando el cielo azul intenso.
M Yolanda Gª
Ares- Antología de viajes
viernes, 25 de octubre de 2013
De Uno a Dios ( Relato corto)
Uno penetró en la cueva, inmediatamente y como siempre soltó
unos aullidos y sonidos guturales que salieron espontáneos de su joven garganta
avisando a las mujeres que trabajaban al fondo de la sala de que lo que entraba
no era ningún tipo de peligro, si no cualquiera de ellas no hubiese dudado en
clavarle uno o varios de sus arpones microlitos con los que hubiese encontrado
una muerte segura. Sabía que las mujeres todas a una, se ocupaban del hogar, de
los niños, de los alimentos, de los utensilios que tanto les costaba
confeccionar, éstas le rodearon inmediatamente despojándolo de su carga, dos
enormes ciervos que arrastraba en unas rudimentarias angarillas. Tardó un rato
en alejarlas de él, sólo se limitó a refrenar el ímpetu de las féminas, pues
tenía que visitar el altar al fondo de la cueva, aún le quedaba un rato de
vueltas y revueltas hasta llegar al lugar de las ofrendas. El lugar se le
reveló mágico y extraño, el chamán estaba sentado junto al agua de vida y le
invitó a enjuagarse, lavarse las manos de la sangre era imprescindible pues los
hombres enfermaban si se la dejaban secar en la piel. El chamán le alargó unas
hierbas secas para secarse y luego le invitó a cantar y plasmar en la piedra su
caza, Uno dibujó dos ciervos altos y preciosos, plasmó la vida que él mismo con
sus propias manos les había quitado, de esta forma sus almas volverían en forma
de caza mejor a la tierra. El chamán le ungió la frente de polvo de piedra
sanguina y ocre y le colgó los amuletos de nuevo al cuello recargados para una
nueva jornada de caza, el frio estaba ya por llegar.
Al regresar a la sala, las mujeres ya estaban limpiando las
presas y despedazándolas con las herramientas de sílex, las observó y les atusó
el pelo a los chiquillos que jugaban a
cazadores alrededor de ellas. Se colocó en la entrada de la cueva, la
luna salía ya por el cenit, y le recordaba lo efímero de su vida, de la vida de
aquellos ciervos y quizás de la del viejo chamán que masticó ya apenas sin
dientes el corazón y las vísceras crudas del animal. Recordó cuando era un
chiquillo, jugaba alrededor de las
mujeres y las ayudaba en sus juegos a moler el grano contra la piedra en un
movimiento que ahora se le antojaba relajante y apetecible, con un vaivén en
los que los senos de las dadoras no dejaban de ir y venir adelante y atrás;
mientras su canticos arrullaban el momento de la molienda. También recordaba el
momento de curtir las pieles, a los niños les daban un canto redondo para
curtirlas con arena y sal, mientras que las mujeres maduras usaban la raederas
de fina hoja para afinarlas y dejarlas suaves y tersas sin trozos ni marcas de
restos orgánicos. Deseó ser niño otra vez, pero sus doce años lunares le
obligaban a ser todo un hombre adulto, y debía de ocuparse de otros menesteres
más propios de los hombres dignos de su tribu, como la caza, la lucha, y también
el cuidado del clan. A los siete años ya lo iniciaron en los ritos, y le
enseñaron su nuevo oficio, ya había plantado alguna semilla.Tana, la curandera
le había dejado ver que era un buen hacedor, porque ella siempre quedaba
satisfecha. Aunque Tana ya era algo mayor y sus últimos hijos habían quedado
bajo tierra en el camino, por eso la llamaban “la mujer que vierte sus
lagrimas” pues había sembrado de pequeños menhires todo el camino hasta la nueva
cueva. Dirigió su mirada a las mujeres, pensó que quizás esa noche, en los ritos
de la cena, nombrarían a Yai, su hermana de seno, la miró un buen rato y sintió
que su sexo se elevaba por debajo de la piel hacia la luna; pero sabía que no
podía verter aún su mies en la tierra de Yai, porque ella era la heredera de
Tana y nadie podría ensuciar su tierra mientras que el chamán no lo autorizara.
Además sabía que Yai estaba bajo el influjo de la luna la cual había marcado
sus brazos con la sangre de la diosa y que ni siquiera se debería atrever a mirarla hasta que pasaran los días
de la sangre.
Después de la cena tendría que escoger mujer, y pensaba
escoger a Tana, tenía el derecho porque había cobrado dos piezas grandes, y
Tana no le exigiría demasiado, sólo se le presentaría como una loba mansa
ofreciéndole sus enormes glúteos y luego le diría cosas bonitas y halagadoras
porque siempre se portaba bien con ella
y le regalaba las vísceras para que ella estuviese sana y bien alimentada. Al
fin y al cabo ella ya había curado sus heridas muchas veces después de la caza,
aunque a veces no entendía sus continuas lagrimas.
Si, tendría que esperar aún un tiempo a que Yai fuera la
poseedora de las hierbas y el grano, ni siquiera el chamán era capaz de poseer
un bien tan preciado. Yai aún tenía ocho años lunares y aunque sus brazos ya
habían sido teñidos de la sangre de la diosa, aún no podía volcar en ella su
simiente; a veces habían ido al rio y habían jugado a verter la semilla, pero
no podían pasar de esos juegos, porque si Yai hubiese sido fecundada, su
corazón se rompería en pedazos del dolor, y eso no lo deseaba él, por eso se
contentaba con Tana que era buena amante y mejor dadora.
A veces recordando
aquellos momentos en el rio,
pensaba cosas extrañas como por ejemplo que él fuese el único que
pudiese imponer su semilla a Yai, pero se quitaba estas locas ideas de la
cabeza pues sabía que una vez fuera la poseedora de las hierbas y las semillas
pasaría a ser la dadora y todo el clan tendría derecho a plantar en ella su
semilla a cambio de hierbas y semillas; de esta forma Tana pasaría al lugar de
los viejos a pesar de que sólo tenía diecisiete años; pero sus piernas ya se
resentían y a veces las mujeres más jóvenes la echaban a un lado para aligerar
las labores, así de esa forma ella sólo se dedicaba a los niños del clan, que eran los únicos que con sus ruidos y sus
juegos conseguían que amainaran sus eternas lagrimas.
Así la tribu aseguraba el nuevo nacimiento con cada cambio
de estación de hijos fuertes que pasarían a cazar y a dotar al clan de nuevos
elementos para subsistir. Así lo hizo su padre, así lo hizo su abuelo y muchas
generaciones antes y después de él. La luna se elevaba allá en el horizonte, y
delante de su luz creciente viajaba una bandada de cigüeñas.
El sol se ocultaba por encima de las montañas, metió al asno
y los arreos en el establo y dejó que el cubo de agua fría cayera sobre sus
doloridos hombros, se observó la cicatriz en la pierna, se la acarició tubo la
sensación de que aún dolía. Se secó y vistió rápido, hacía frio. Se dirigió a
la casa, Miriam tampoco había vuelto a ser la misma; pero sus cicatrices eran
de otro tipo. Se sentó a observar la puesta del sol, era otoño. Recordó el día,
permanecía en su retina como el paisaje que tenía delante, triste y
desdibujado. Estuvo echando cubos de agua en el granero desde que descubrió el incendio
hasta bien avanzada la noche, la culpa fue de un rayo que produjo la tormenta
seca de verano, sabía desde el primer momento que aquello lo pagarían bien
caro.
Sabía que a pesar de haber cumplido con su formariage, y pagado su censo todos los
años, su señor se revelaría a aquel accidente. También había cumplido mientras
fue joven con sus cuarenta días de lucha al año y luego le había ofrecido a su
hijo mayor para el ejercito del señor. Miriam no le había perdonado aquello, cuando
el chico con sólo doce años se alejó mirando repetidas veces para detrás y
diciéndoles adiós con la mano. Recordaba
aún como pudo escabullir el iux primae noctis a cambio de un precioso percherón blanco, que
le costó los ahorros de toda una vida, aún así recibieron su tarro de miel y
sus dos gallinas porque el señor al fin y al cabo no era un mal señor. Pero
también sabía que este no perdonaría el perder las mieses que le reclamaban
todos los años el obispado, porque eso significaba perder el derecho de guarda,
eso no se lo iba a perdonar a pesar de que Miriam cosía las ropas de todo el
personal de su servicio y nunca le pedía nada a cambio.
Ella cuidaba sin falta del campo, el pequeño terreno que
tenían frente a la casa, limpiaba la casa, daba de comer a los animales y
curaba con extraños artes de brujería que el señor hacía como que ignoraba, a
la tropa después de la batalla. Pero aquella noche, se lo había dicho, que
mojara el techo del granero por lo de la tormenta seca y no le hizo caso una
vez más, se lo advirtió, mejor trigo mojado que quemado.
Entonces, se quemó todo, el trigo, el granero, los dos
caballos, y también los aperos de labranza. Vino entonces el señor, claro que
vino corriendo a cobrarse su derecho de pernada. Los había avisado, les pasaría
todo menos la pérdida del trigo y la sal. Ya lloraron cuando se llevó a Pedro
con apenas doce años, Miguel se quedó con ellos para ayudar en el campo, eran
gemelos.
Los ataron a un árbol, gritó, gritaron hasta enmudecer, por
eso le golpearon en las piernas con el azadón y se reían de él. Cuando el señor
salió borracho como una cuba, hizo un pecho en el tronco que descansaba en la
entrada de la casa y con el mismo azadón cortó las cuerdas que les ataban. Se
llevaron a Miguel para ayudar en la batalla, sabía que no le volvería a ver.
Sólo se dirigió a él para decirle - Dile que se ande con cuidado a la bruja de
tu mujer; y esta talla significa que me debes los diezmos por el granero
quemado hasta que acabe la deuda - Pensó que no tendría vida bastante para
pagar jamás aquella deuda.
Cuando entró en la casa Miriam estaba hecha un giñapo al pié
de la mesa de la cocina, nunca creyó que el señor en persona fuera capaz de
hacer aquello, la levantó y la curó, había sido un bestia, ella no habló ni se
levantó de la cama durante días. Aún así le indicó unas cataplasmas para curar
su pierna. Cuando por fin lo hizo nunca
fue la misma, decidió regresar a sus labores pero era como si estuviese muerta
en vida.
Allí fuera, sentado en el tronco de la talla, pensaba en
ayudarla, en encender el fuego, en cocinar, no debía de ser tan difícil, quizás
en poner la mesa; pero sencillamente no lo había hecho nunca, aquello era un
trabajo de mujeres, ella tendría que reponerse algún día. Y tendría que
reponerse pronto porque tenían que traer un hijo si querían tener una vejez
feliz. Pensaba en sus ojos sin brillo, y también en lo fuerte que era, pensaba
también en su bonita voz que cantaba alguna canción que escuchaba en el
castillo, pero ahora sólo escuchaba silencio y ese silencio le rompía el alma ,
entonces pensaba en el granero, en los caballos, en los aperos de labranza que
ahora no existían, en el trigo. Todo, todo estaba destruido. Entonces sintió
que se le humedecían los ojos, pensó que eran lágrimas, pero no lo eran, era el
humo y las cenizas que movía el viento, que aún salía del granero. No había
caído ni una gota de lluvia desde aquel día, quizás para cuando lloviera
cambiaría el tiempo y brotaría la mies. Entonces pensó en entrar dentro y
acurrucarse junto a Miriam, quizás aquella noche se dignara a darle un poco de
placer entre tanta miseria. Si no se iría al pueblo a beber unas jarras y a
olvidarse de todo, y se metería en los brazos de la brabucona Nadia, la rusa
que le mangaba las alforjas cuando se caía de pura borrachera.
Así lo hicieron su
abuelo, y también su padre y así sería durante muchas generaciones. La luna
llena se elevaba en el cielo e iluminaba el granero quemado, recordándole que
algún día tendría que ponerse manos a la obra y arreglarlo.
Al llegar Ana estaba en la cocina, la saludó con un beso en
la mejilla que ella esquivó sin signos
de agresividad; se sentó en la terraza, Venus refulgía esplendorosa en el
horizonte y la luna parecía un fantasma en forma de rodaja de sandia, como un
payaso que exhibía una gran risotada ante su triste situación. Había sido un
día complicado, por la mañana en el taller y por la tarde sacaba algún dinero
en la tienda de Sergio para darles una mejor vida a los chicos, a esos dos
revoltosos que apenas le habían saludado.
Al llegar a casa Ana ya
los tenia bañados, y casi cenados; pensó en como conseguía callarlos
nada más él llegaba, y cómo conseguía que se durmieran enseguida dándole tiempo
apenas a darles un beso en la carita. No había pasado ni una hora y se había
hecho un silencio total en a casa; el único ruido que se escuchaba era el pedal
de la máquina de coser de su esposa, con un chirrido rutinario y lastimero –
chirrik-chirrat-chirrit-chirrat. Cosía ropa para los muchachos. Fue a coger
agua a la cocina, el fregadero estaba de tiestos hasta arriba y los chicos
habían recogido la mesa a medias, guardó el pan y la mayonesa; se le vino el
pensamiento de fregar todo aquello, pero no sabía dónde guardar las cosas, ni
dónde ponerlas a escurrir, al fin y al cabo aquello no era cosa de hombres.
Ana se ocupaba de la casa y de los chicos cómo debía ser;
bastante tenía él con trabajar en dos sitios para llevar dinero a casa y pagar
la maldita hipoteca que les tenía siempre asfixiados.
Hacía calor, se sentó otra vez frente a la luna, esta vez
Venus se reía abiertamente de él, siguió perdido en sus pensamientos, reconoció
que no sabía cuánto tiempo hacía que no hacían el amor, quizás meses, tal vez
años. Ana aprovechaba las horas de la noche para adelantar trabajo, con algunos
arreglos que hacía al vecindario se sacaba unas pesetas con las que luego se compraba algún pequeño
capricho o le pagaba algún regalo a él. La última vez fue una verdadera
sorpresa, había hecho un gran esfuerzo y le había comprado un pequeño televisor
que hizo las delicias de los chicos cuando emitieron la llegada del hombre a la
luna; pensó en lo bonito que hubiese sido poderlo ver en color, como en la
realidad; pero supuso que aquello era una ridiculez, siempre había tenido
demasiada fantasía.
En la luna estaba él hacía tiempo; hacía tiempo que tenía
algunos devaneos con aquella putilla del
número tres, de la que sólo sabía que lo único que no le guardaba era
fidelidad. A ratos, entre hora y hora, la visitaba y por algunas monedas o una
invitación a cenar o algún regalito, le hacía aquellos caprichos que Ana nunca
entendería; aunque últimamente le estaba perdiendo las ganas porque llevaba
unas semanas con unos picores extraños en sus partes.
Regresó a la cocina, hacía mucho calor, al pasar por el
salón besó a Ana en la coronilla, ésta se encogió, ¿de frio?; le dijo que le
quedaba aún un buen rato, que también tenía que acabar los uniformes de los chicos,
aunque no entendía su prisa pues el cole no empezaría hasta mediados de
Septiembre y estaban en Julio. Pensó en lo desordenada que estaba la cocina,
bebió agua y pensó en la putilla del tres y en aquellos caprichos que no le
importaba hacer. Se sentó de nuevo en la terraza, la luna vieja sonreía casi a
la altura de su mano, y Venus le cantaba cómo un pajarillo en la punta de su
carcajada. La vieja Hécate esa noche no quería dejar de hacer sus maldades y
sabía que aquella noche no vería a la
del tres, pero quizás mañana la friolera Selene dormiría sola una noche más.
Mientras Ana cosía, chirrit-chirrat-chirrit-chirrat ,
sonaban las voces metálicas de la conversación de la película que veía en la
tele, una maravillosa y explosiva Elizabeth Taylor se exhibía en un papel
fantástico en “ Quién teme a Virginia Woolf”, fueron a verla al cine y a Ana no
le gustó, pensó que ni siquiera lo recordaba. La luminaria nocturna seguía
subiendo, ya superaba la altura de sus ojos y tenía que llevar la cabeza hacia
atrás para verla, seguía riéndose de él, pensó que algunos hombres decían que
se volvían locos mirándola, pensó que él se volvía loco mirando a la del tres y
disfrutando de sus caprichitos, y sino con la Liz, con aquella vocecita de
caramelo. Ana cesó un rato, y la escuchó suspirar cómo si pudiera escuchar sus
pensamientos. Ella era guapa, pero no
tanto, quizás si se arreglara un poco más, quizás si adelgazara un poco,
dirigió su mirada una vez más a la luna,
a la mañana hablaría con la del tres para quedar a cenar. Ana tenía mucha costura aún que hacer y al fin
y al cabo tampoco le interesaba demasiado el sexo ni aquellos jueguecitos y
últimamente ninguno. La luna cenicienta figuraba como envuelta en una extraña
sombra, Venus parecía dominar todo el cielo y esto le ayudó a sentenciar sus
pensamientos, mañana le tocaría jugar.
Así lo haría, ella se lo buscaba, así lo habían hecho sus
abuelos, porque un hombre que no se desahoga sí que se puede volver loco. Así
lo había hecho su padre y también muchos hombres hasta generaciones antes y
después de él. La sonrisa de Soma, parecía haberse puesto un velo para ocultar
su decepción, se quitó esos extraños pensamientos de la cabeza y decidió
tomarse una aspirina antes de ir a la cama, aquel maldito dolor en la ingle lo
estaba matando. El sonido de la máquina chirrit-chirrat-chirrit-chirrat, sonaba al fondo del pasillo.
Regresaba a casa, era bastante tarde y las luces se
difuminaban en cada lateral de la carretera; pensaba en como se había ido
metiendo en tantos líos a lo largo de los años, creía ver en cada cara de los
desconocidos de la calle, una mujer con la que hubiera tenido una aventura.
Eran algunas, quizás no tantas, pero a lo largo de los años la mochila de su
infidelidad pesaba como si llevara un saco de piedras o de plomo a la espalda.
Aceleró, el deportivo que se desplazaba ágil y flexible por la carretera nueva.
Ya una vez tuvo un susto con el coche, se le fue la mano pensando en yoquesé y terminó contra una farola,
entonces ya pensó en cambiar su forma de vida. Recordaba haberlo hablado con su
cuñado, quizás con las hermanas de su mujer; pero daba igual, no había cambiado
nada, seguía fumando a pesar de lo del pulmón y también seguía malviviendo,
insatisfecho con todo lo que le rodeaba. Aminoró la marcha, el mar se
vislumbraba hermoso, como en un cuadro de Sorolla a un lado y otro de la
carretera.
Pensó en su mujer, en cuando la conoció, era una chica
bajita y diminuta con una hermosa cabellera risada que le llegaba hasta media
espalda. Era muy guapa, tímida, casi transparente, una princesa a la que salvar de su ogro y él
se ocupó y la salvó, la sacó de aquel castillo donde la tenían encerrada y le
ofreció su refugio. Quizás no reparó en que era demasiado callada, demasiado
tímida o demasiado…, demasiado para él. Ya hubo infidelidades de novios, y ella
parecía no notarlo nunca, ¿cómo no verlo?, eso cada vez le dio más permiso para
hacer lo que quería. Quizás si le hubiese reñido, si hubiesen peleado entonces
por eso, él habría valorado su poder, su fuerza, su amor. Entonces la cosa fue
cada vez a peor, primero cuando nació el niño, y cada vez que nacía un niño era
peor, hubo varios amagos de separación pero nunca llegaron a consumarlo.
Parecía que ella se volcaba en cualquier cosa que no fuera él, él, que había
sido el niño de su madre, el héroe que la sacó de las garras de su padre ogro,
él había sido el amor de su vida, y ahora ni siquiera lo miraba.
A veces cuando llegaba tarde como hoy, ella estaba dormida,
y se echaba a un lado, hasta casi caerse de la cama. ¿Sabía ella que había
estado con otra?, ¿era su olor el que lo delataba?, no se entendía a sí mismo,
no sabía si haría el amor con otra y con otra y con otra, mañana mismo. Solo
sabía que su vida era triste, que nadaba entre amores platónicos y su criada en
casa. Sabía que esos amores que practicaba a escondidas, entre restaurantes
ocultos y camas ajenas le pasaban factura, a la última que llevaba años
alrededor de él, una niña rubia y gorda de rizos, que vivía sola con su padre y
su madre hipocondriaca, como la de él; le había sacado un ordenador, siempre le
sacaban algo, ya no sabía qué mentira inventar para esconder esos gastos
fortuitos, para callarles la boca y que no hablaran demasiado.
El coche se desplazaba suave al entrar en la ciudad, la
rotonda tenía varias farolas alrededor, pensó en el golpe con el coche y
suavizó la marcha, llegaba tarde, no era ni la primera ni la última vez. Sabía
lo que tendría que aguantar ahora, su eterna desconfianza, su mirada que le
abría las carnes, a veces ya esas miradas se multiplicaban en sus hijos. Ya no se les podía engañar, eran mayores y se
daban cuenta de todo; pero él había sido un buen padre, casi nunca decía que
no, y les acompañaba al futbol, donde también tenía un par de mamás agobiadas
que no eran entendidas por sus maridos y él como siempre las salvaba de su
tedio, tirándolas suavemente sobre sus camas en las horas que sus maridos no
estaban.
¿Acaso no era un buen marido?, ¿les faltaba algo?, había
trabajado como un negro, había luchado por superarse a sí mismo, al fin y al
cabo había nacido en uno de los peores barrios de la ciudad y había surgido de
una familia llena de problemas mentales, su misma madre había sido
hipocondriaca, y su mujer se había negado a cuidarla. Y aquello les separó
mucho, él adoraba a su madre, pero eso era cosa de mujeres, él no tenía que
cuidarla, porque ¿qué podía saber él acerca de una mujer mayor?
Era tarde, como casi siempre que estaba con otra, entraría
en la casa bien callado, y ella se haría la dormida como casi siempre, se echaría
al otro lado de la cama. Hacía años que no la quería, ni siquiera la valoraba
como persona, ni como mujer. Ya no era bonita y muñequita como cuando la
conoció, era simplemente la madre de sus hijos. La mujer de su casa. La mujer
que cocinaba como a él le gustaba. La mujer que le ponía la mesa, que le servía
el plato, que le ponía el café a su gusto, y le tenía la botella de su whisky
en el aparador; pero era eso simplemente una mujer, como otro cualquiera. Todas
querían lo mismo, su dinero, por eso le tenían que aguantar todo lo que fuera,
porque él les daba lo que necesitaban. Él era el macho, el hombre, el
trabajador, el dador, él era el proveedor, y si las proveía tenían que
aceptarlo como era.
Se dirigió Dios al tabernáculo de su Olimpo, recreose entonces después de un duro día
de escuchas de ruegos y plegarias, no había habido demasiados agradecimientos.
Miró al horizonte allí por donde se encendían su sol y su luna. Recordó su obra en su
totalidad y supo que lo hecho era bueno; reflexionó y reparó en los grandes
defectos que debe de tener una buena creación y supo que lo hecho era bastante
bueno.
Se acomodó allí en su diván y en su soledad de Dios
totalitario y único, se le vino a la mente el gran defecto de su creación.
Jugueteó con el lodo a sus pies y hombre y mujer los creó. Uno al lado del otro
dándose la mano y entonces decidió que aquel no había sido un buen día. Reparó
en el gran defecto de su creación, pensó que nadie ni nada debe de salir de la
costilla de nada ni de nadie. Miró con cariño
a las figurillas a sus pies, pensó en cuánto había aprendido de ellas y
cuánto de difícil se lo había puesto; entonces pensó en su creación y pensó en
cuánto de caro le había costado a aquella pequeña figura femenina lo de salir
de una costilla de aquel hombre; pensó en cuántas cosas se habían torcido desde
entonces.
Cogió entre sus manos la figurilla femenina y le moldeó una
barriguita insipiente y sopló suavemente en su ombligo, la depositó junto al
varón y entrelazó sus manos. Entonces miró su obra, la totalidad de su obra, se
puso de pié y arrasó con todo porque tenía derecho porque lo había creado él.
Arrasó el cielo, las estrellas y los planetas. Arrasó la tierra entera. Arrasó
a los animales y al hombre y pensó que aquello sería bueno.
Entonces recogió sus nuevas figurillas de lodo y les dio un
planeta al que llamó nueva tierra y lo pobló de animales y plantas, y creó un
nuevo cielo lleno de estrellas y planetas, con un sol y una luna. Cogió a sus
nuevas criaturas y así cogidos de la mano les insufló vida y les dijo:
- Aquí
os creo hombre y mujer, mujer y hombre, para que os acompañéis, para que os
respetéis, para que os améis, para que trabajéis juntos y dotéis a vuestra vida
de cosas buenas. En este mundo que os doy, no habrá prohibiciones sino las que
ustedes mismo os impongáis, seréis respetuosos el uno con el otro y el otro con
el uno y valorareis cada uno la situación del otro. Y hombre te digo que entre
todas las criaturas de esta tierra, la más maravillosa es la mujer porque en
ella como en un baúl está guardada la semilla del hijo de Dios. Disfrutar
juntos de vuestra estancia aquí porque la vida sólo es eterna para Dios.
Así habló Dios entonces a los nuevos inquilinos de su Edén y
pudo entonces descansar feliz después del trabajo bien hecho. Antes de cerrar
los ojos pudo ver al hombre y a la mujer observando curiosos todo lo que les
rodeaba, y le hizo feliz cuando pudo ver que iban desnudos y que iban cogidos
de la mano. Entonces valoró que lo hecho era muy bueno y así pudo por fin dormir y descansar de su duro
trabajo, mientras su diosa Era le besaba la coronilla acurrucada en sus brazos.
domingo, 13 de octubre de 2013
Pequeño relato erótico ( Erotismo imaginativo)
La noche siempre cómplice de los gemidos y suspiros, pasaban
a ser luces del día al otro lado del Atlántico. Los gemidos se derramaban sobre
el Pacifico, y se alargaban mucho más allá de la costa del Indico. Daba una
vuelta como un anillo interminable, y regresaban al cabo de los días, a veces
de dos en dos, a ratos hasta de tres en tres.
Yo, el Neoyorquino, me sentía furtivo y espía de una
historia que no me tocaba, que no me pertenecía. Siempre me había parecido
interesante la curiosidad de algunas gentes por la vida de los otros; pero en
mi ciudad, donde cada uno anda a una velocidad distinta, donde el mundo da
vueltas tres veces más rápido que en el resto del universo, nunca había tenido
tiempo para indagar en la vida de nadie, tampoco me parecía una distracción,
prefería leer, o escuchar música o incluso sentarme al piano a martirizar sus
teclas. Intenté desligarme de aquella historia, no volver a caer en la
tentación de oir , de escuchar lo prohibido, me colocaba los auriculares y
ponía el Mp3 a toda voz; pero aquello que pasaba en aquel minúsculo cuartillo
era tan hermoso, tan sensual.
Yo era soltero entonces, no era ya joven, había tenido
algunas aventuras con chicas, algunas muy guapas. El sexo no era para mí lo
principal, buscaba una relación larga; pero siempre las chicas terminaban
decepcionando a mi utópico corazón. Sin darme cuenta no era un niño, tampoco era un muchacho; a mis casi cuarenta años me
planteaba desde cuando hacía que no tenía relaciones sexuales. Reconocí que
hacía mucho tiempo. Cada vez era más difícil encontrar una chica dispuesta a
jugar y a hacer el amor sin pensar en futuros ni exponer presentes.
Lo que sucedía en aquel cuartillo era otra cosa, no era un
compañero haciéndose una simple paja viendo una peli porno en el ordenador, ni
tampoco una parejita escapándose de las miradas indiscretas de nadie, y
metiéndose mano por los rincones. Lo que sucedía allí era erotismo puro y duro.
Alguien a quien yo ni veía ni escuchaba proponía cosas, cosas muy secretas,
ocultables y su fiel servidor le seguía hasta la muerte misma de un orgasmo
perfecto, un derrame infinito. Yo le escuchaba, a pesar de su pretendida
discreción, le escuchaba y le envidiaba por dentro; envidiaba aquella
posibilidad, aquella aventura, aquel placer intenso y sin fin que se repetía
una y otra vez.
Un día esperé a que saliera del cuartillo, le quería ver la
cara ¿Quién era esa persona que en la soledad estrecha de aquel lugar era capaz
de disfrutar de los placeres más ocultos, más íntimos? ¿Que era lo que veía en
aquella pantalla? ¿Qué era lo que le hacía llegar a aquella situación de
éxtasis y placer? Yo le envidiaba, quería tener aquella posibilidad, no era
nada que se pareciera a nada que yo hubiese vivido antes y no era por presumir
pero en el sexo yo era muy bueno y aquello no lo había vivido nunca. Cuando por
fin conseguí verle, me quedé atónito, era un compañero de la empresa, había
venido hacía un par de meses y estaba solo sin su mujer, por lo visto ella se
incorporaría al cabo de un tiempo, cuando tuviese solucionada la residencia. Al
principio me indigné, pensé en aquella mujer sola con sus hijos en su país
ignorando los momentos que este tipo pasaba en ese cuartillo haciendo sabe dios
que guarrerías; pero según me iba indignando más y más al final se me iluminó
una luz y me di cuenta. Ese tipo no hacía solo sexo, no era un polvo para
quitarse el hambre y punto, no era una porra y vámonos, era algo muy distinto,
aquel tipo hacía el amor; aquel tipo hacía el amor con su mujer a dieciséis mil
kilómetros de distancia. No había aventura, ni puta, ni teléfono erótico que
pudiera conseguir eso.
Me obsesioné, lo admito, me obsesioné. Pensaba en aquella
mujer al otro lado del océano, debía de ser muy hermosa, alta y delgada, algo
ancha de caderas, de ojos oscuros y rasgados, piernas muy largas y nada
ordinaria; el sexo que le ofrecía era bueno, muy bueno. Era una experta, le
conocía de cabo a rabo, le hacía subir y bajar en un éxtasis infinito, yo le
sentía mil veces, pedirle a media voz un poco de caridad, compasión; hasta que
entonces le hacía subir hasta el imposible y le hacía derramarse poco a poco
como en cascada. Entonces le sentía dar las gracias, y la llamaba amor y amor y
amor. No siempre hablaban, a ratos él se limitaba a teclear, y desde mi rincón
espía, fui diferenciando cuando esas conversaciones eran las normales de un
matrimonio, hijos, dinero, casa, familia o de momento el imperceptible sonido
acelerado de las teclas pasaban a ser el preludio de unos de sus interminables
encuentros amorosos. Cada vez me exponía más, le esperaba al salir y hacía como
que me cruzaba con él al ir al baño, con la excusa única de ver su rubor, de
notar su azoramiento. Intentaba modificar los encuentros, unas veces hacía como
que venía de un lado o de otro del pasillo, o bien ni siquiera le saludaba para
que no notara mi presencia. Algo debía de notar, porque levantó una pared de
indiferencia hacia mi persona. Eso no hizo sino aumentar más mi obsesión.
Un día no sé ni cómo me vi en mi rincón furtivo derramándome
a la par que él. Yo no la escuchaba, pero mi imaginación me había jugado una
mala pasada. Entre imperceptibles gemidos de él, sentía el aceleramiento del
teclear subir y bajar el ritmo; me imaginé aquella mujer morena, fantástica,
voluptuosa prometiéndoles aquellas mieles a aquel individuo que era incapaz de
traerla hacía sí; después de aquel primer día vinieron muchos y siempre
procuraba darle el encuentro después. Competía mi rubor con el suyo, y la
humedad de mi entrepierna con la suya. Me complacía pensando que mi silencioso
orgasmo había sido mejor y más extenso y mi espeso esperma de mejor calidad.
Luego me venían los remordimientos, pensaba que me estaba volviendo loco,
aquella mujer me estaba volviendo loco; no la conocía, era una desconocida
absoluta para mí; pero debía de ser fantástica para que aquel hombre se le
ofreciera de aquella manera y yo me ofrecía con él y junto a él sin que él ni
siquiera se lo imaginara.
Tomé la decisión de acabar con aquella historia; pensé en
ridiculizarlo diciéndole que sabía lo que hacía en aquel cuarto; pero mi lógica
me hizo pensar en lo terrible que tenía que ser para aquella mujer estar
separada de su amado, me imaginé que haciéndole aquello a él a quien castigaba
era a ella que se ofrecía a él a miles de kilómetros de distancia; no le podía
hacer aquello, él era el blanco de mis odios y de mis ansiedades, últimamente
no me concentraba en el trabajo, nada más porque los celos me comían. Me
acercaba de una forma irracional al cuartillo a ver si el amor volvía a hacer
su magia, y había veces en que me iba a buscarlo al comedor para verlo entre
las gentes y saber que no estaba allí con ella otra vez. Yo le hacía a él un
incauto, que la ponía en evidencia, cuando para la única persona que era
evidente su historia de pasión era para mí. Yo la quería para mi, pensaba en
que cuando ella llegara yo me ganaría sus favores para poder por fin
estrecharla entre mis brazos, tocar su piel centímetro a centímetro, besar por
fin sus labios, mordisquear sus pezones , meter mis manos en su entrepierna y
separar sus largas piernas y tomarla de una vez por todas hasta el fin y
alargar uno de aquellos maravillosos orgasmos hasta el final de los tiempos y
morir de placer entre sus brazos. Le odiaba porque ella le pertenecía, le
odiaba por la seguridad que ella le ofrecía desde el otro lado del mundo; le
odiaba porque ella no le regalaba tan solo sexo, le regalaba puro amor. Y yo en esa historia era tan solo un
voyeur, un mirón, un observador indiscreto mendigando un trozo de pan, de sexo,
de amor ajeno. Estos pensamientos se hicieron dueños de mis días y mis noches,
no podía llevar una vida normal; la obsesión se estaba comiendo mi tiempo, mi
vida laboral, mi moral. La gente cuchicheaba que yo era un tipo extraño;
mientras él seguía haciendo su vida normal sin que nadie más que yo fuera lo
más mínimamente consciente de los sucesos que le acontecían y las practicas que
ejercía, al parecer sin ningún pudor. Yo era el malo de la película, era el
observador, el curioso, el espía, y él era el ganador, el bueno, el poseedor de
la chica guapa. Él lo tenía todo y yo no tenía nada. Estos pensamientos me
comían la moral, acababan con mis energías.
Sonó el teléfono un día, era una chica con la que estuve
algún tiempo, pasaba unos días en la ciudad, quería verme y que saliéramos
juntos a cenar para recordar los viejos tiempos. Interpreté que lo que quería
era sexo; pensé que me vendría bien cambiar de aires, a lo mejor lo que me
estaba pasando era por culpa de la ausencia de carne real.
Me vestí para ir a recogerla, cuando la vi frente a mi creí
recordarla más joven, e incluso más alta; fea no era, quizás algo anodina, su
conversación en la cena fue bastante aburrida, parecía demasiado interesada en
contarme su vida, yo se lo agradecí, no tenía ningún interés en contarle la
mía, me limité a sonreírle y a hacer como que me divertía. Antes de los postres
decidió fumar un cigarro tiempo que yo aproveché para ir al baño. El aseo era
individual, oriné lentamente y dejé que mi liquido dorado y caliente resonara
en la taza del wáter, me entraron unos deseos terribles de rememorar mis
orgasmos de mi rincón secreto, me acaricié el glande y vi que respondía a mis
requerimientos; pensé en la chica del cigarro, pensé que no era tan guapa como
mi amor secreto, mi maga oculta; pero que esa noche culminaría con un polvo
espectacular y que todas aquellas ansiedades desaparecerían. Cuando salí del
baño, la chica me esperaba ya en la mesa ante un perfetmint-chocolat, coqueteó
con la cucharilla en su boca y sabiendo de mi ángulo de visión entreabrió su entrepierna dejándome ver nada
de su zona más íntima; eso me puso a cien, me hizo pensar en que ahora entendía
a las personas que eran voyeur en los aparcamientos oscuros para ver las
parejitas despistadas haciendo el amor en los rincones, ¿me estaría
convirtiendo en una de ellas, me estaría convirtiendo en un enfermo? Entre
jugueteos nos tomamos un café aromatizado con canela y nos dispusimos a llegar
lo antes posible al apartamento, ella insistió que fuéramos al suyo, yo se lo
agradecí, me gustaba mantener mi espacio vital lejos de las habladurías de los
vecinos.
El apartamento de ella era algo impersonal, no estaba exento
de buen gusto; pero quizás la insistencia de los tonos naturales y lo impoluto
del ambiente hizo que no fuera de lo más apetecible para hacer el amor. Ella
encendió las luces del apartamento y les echó unos pañuelos de colores por
encima, aquello hizo que el ambiente fuera algo más acogedor y cálido; no tenía
ganas de esperar, ella hizo el intento de dirigirse al baño, yo no se lo
permití, la frené y la eché sobre la cama, tenía unas ganas locas de
penetrarla, de hacerla gritar de placer, le entreabrí la blusa, le rompí un par
de botones, ella reía a carcajadas y me animaba a seguir así, se burlaba de mi
timidez en tiempos pasados; eso me hizo enardecerme aún más, le separé las
piernas y coloqué mi verga en su cueva ya más que húmeda, chorreante; entonces
pasó lo que nunca me había pasado, sin apenas llegar a subir, mi pene se
derramó como sin fuerza, se derramó tosco y torpe y ni siquiera llegó a poner
su nariz en aquel panal que prometía fantásticas mieles. La chica, algo
instigada aún por el alcohol de la cena, se reía escandalosamente y me bromeaba
acerca de la edad, la eché hacia un lado, fui al baño y luego, sin escuchar sus
ruegos me fui, no sé si caminé horas, si corrí; se que escapé, que quería
morir. Analicé lo que había pasado, había visto su cara, la cara de mi maga,
sus ojos oscuros de gitana, su piel oscura, sus piernas largas, su pecho terso,
y al abrir los ojos ella no estaba allí, estaba aquella chica tan vulgar
reteñida que sólo quería sexo y sexo.
Una vez en mi apartamento pensé en lo que había sucedido,
pensé de ir a un psicoanalista; lo mío empezaba a ser imposible. La obsesión
por aquella mujer empezaba a rallar en lo irracional y yo era incapaz de
controlarlo. Aquello me impedía llevar una vida medianamente normal. Me prometí
no escucharlos ni una sola vez más, y comencé mi terapia en una especialista en
temas sexuales. La psicóloga me escuchó atentamente, me explico que mi obsesión
se alimentaba de la utopía que recreaba sobre la imagen de la mujer a la que
desconocía; me explicó que no podía amarla, ni desearla porque jamás la había
visto, yo le explique que se equivocaba, que había escuchado su voz, que era
dulce como la de una adolescente y que eso ya me servía para hacerme una idea
de cómo era. Me dijo que tenía que hacer por acercarme a él de nuevo, de
intentar conocerlo mejor y que incluso le diera pié a que me hablara de su
esposa, que me hablara de mi maga. Me fui ese día a casa haciéndome mil
promesas, pero cuando llegué al trabajo él estaba en el cuartito, le vi al
llegar, estaba cerrando la puerta y me dio las buenas tardes con una sonrisa;
los celos me comieron la moral, estaba allí con ella, él la tenía allí a su
disposición y yo estaba solo, más solo que nunca; ya no había mujer en el mundo
que pudiera satisfacerme. Pegué mi oído a la pared en mi rincón, hacía días que
no les escuchaba; en breves minutos la conversación tecleada que parecía de lo más
normal se aceleró, las teclas sonaban como música divina, y los gemidos de él
eran indisimulables, me azoraba la simple idea de que alguien pudiese
escucharlos como lo estaba haciendo yo, sentí mi pene enorme en mi entrepierna,
sentí que mi mano bajaba la cremallera, lo liberaba de la tela del pantalón, me
empecé a masturbar sin ningún tipo de prudencia, cerraba los ojos y la veía la
lamiéndome el glande con su boca de miel, su pelo oscuro y ondulado alrededor
de mi pene, me moría de éxtasis, le escuchaba gemir y gemir, me moría de celos,
ella era mía, mía; cuantito llegara sería mía y no de él, de él nunca más.
Apreté mi pene con mi mano, lo intenté ocultar cuando fui consciente de su
dimensión, el intentar ocultarlo solo empeoró la situación, él se derramaba y
gemía, gemía sin control, “te amo”, “te amo” repetía, y yo solté un gritito y
un “y yo” y me derramé entre temblores, me tuve que agachar al suelo, mis
fuerzas desaparecieron durante un buen rato y tardé un tiempo en componerme, mi
pantalón estaba manchado, el polo estaba
manchado; todo el mundo sería testigo de mi pecado; pensé en una excusa válida,
y entonces se me ocurrió, entré a toda prisa en el cuartito con la excusa de
buscar algo para limpiarme, él se quedó de piedra, le corté todo, lo vi
ocultando sus partes muy azorado, su rubor era imposible de ocultar, el mío
tampoco; se compuso enseguida, me dio las buenas tardes y me dijo que no tenía
nada para que me limpiara, que lo disculpara que estaba trabajando. Salí de
allí triunfante, ahora éramos un trío, tenía que ser tonto el tío para no darse
cuenta de que yo compartía sus momentos amorosos. Y los compartía, y seguía
cada día más en la idea de que ella estaría más satisfecha conmigo que con él.
Que sería más feliz conmigo que con él.
Fui a la terapeuta, le conté lo acontecido y le dije que en
breve ella llegaría, y que por fin podría alcanzar mi sueño, que ella sería
para mi, el macho alfa ganaría a un macho inferior y ella sería para mi, en
cuantito me viera y notara mi deseo hacía ella, ella caería en mis manos y por
fin sería mía. La doctora me escuchó atentamente y luego me sonrió, me dijo que
la competencia entre machos existía en toda la estructura sexual animal y que
al fin y al cabo nosotros éramos animales, que lo intentara; pero que si era
que no que lo aceptara como un buen perdedor, yo lo vi lógico; pero en mi mente
no estaba ni por asomo perder.
Era martes, ella llegaba el jueves y yo estaría allí para
recibirla cerca de él, tan cerca que sentiría mi respiración, sentiría mi deseo
y notaría cómo la besaba apasionadamente en mi imaginación, ella vería mis ojos
de deseo y caería en mis brazos cuantito nos viéramos a solas la primera vez, y
ya no habría vuelta atrás. Deseaba tocar su pelo con olor a lavanda, perderme en
sus ojos oscuros con forma de almendra, acariciar sus interminables piernas
morenas, estrechar sus turgentes pechos con pezones enormes como una negra,
abrazar sus caderas, y pasear mis manos por su culo respingón. Esa morena sería
para mí, la maga sería por fin mía.
El jueves me preparé como un novio aolescente, me arreglé la
barba, me perfumé, me compré ropa nueva, ilusionado como un chiquillo. Me
coloqué estratégicamente en el cuartillo de los ordenadores, la habitación que
había guardado celosamente tantas horas de amor de aquel matrimonio. Él había
dicho de traerla para que nos conociera a todos, cuando subió la escalera, yo
la vería entrar el primero, apenas
hablábamos pero sabía que era
terriblemente cortés y me la presentaría; así fue, sentí los pasos en la escalera, venía acompañado; los pasos de
ella era fuertes y decididos, era una fiera, mi maga del sexo, él apareció al
final de la escalera y me saludó feliz, le odié en ese momento terriblemente,
ella era de él y no mía; después entró
una mujer, era más bien bajita, gordita y menuda, tenía el pelo rubio de un
color indefinido y sus ojos sí que eran hermosos, él me la presentó como su
esposa, ella me sonrió tímidamente y me besó en ambos lados de la cara con un
beso imperceptible, él le dijo que aquel era el cuartito del ordenador, a ella
se le iluminaron los ojos y me pareció que se ruborizaba su piel blanca , ella
era hermosa, era encantadora; pero no era mi maga, no estaba allí, no estaba
allí su piel morena, sus largas piernas, sus ojos oscuros, mi maga había
desaparecido, aquella mujer no tenía nada de nada que ver con la mujer de mis
sueños. Mis sueños se rompieron aquel día.
Sigo buscando a mi maga alrededor del mundo, escucho por
todos los rincones por si alguna vez tengo la suerte de encontrarla por algún lado; a veces me hago el amor que no
el sexo, pensando en sus ojos de almendra, en su pelo moreno, largo y ondulado,
en sus piernas largas que me rodean. Me enamoré de un fantasma que me encantó,
no existía y no hay persona en el mundo que sea capaz de darme lo que me dio
esa mujer y tampoco soy capaz de recibir ni con películas, ni prostitutas, ni
amigas oportunas aquello que me dio aquella mujer fantasma a través de una
pared.
lunes, 7 de octubre de 2013
La tensión alta - Relato corto
I:
Inaugurando Abril
Sabía
que cuando abriera la puerta, al otro lado aparecería Jean, como siempre,
esperándola para darle un sonoro beso, con su apariencia de marinero de barco
de lujo, rudo y atractivo, sabía que la intentaría calmar con su delicioso
acento noruego, ese acento que la conquistó desde el primer día; pero hoy le
daba la sensación de que ni Jean ni nada en el mundo podrían aplacar su ira.
Antes de meter la llave en la cerradura y entrar en el piso, se prometió no
volcar sobre él sus impotencias, a veces pensaba que cualquier día él se
marcharía igual que antes lo hicieron Pietro, el dulcísimo italiano, y
Marshall, el parisino multifunción. Sí, todos sus amores habían sido
extranjeros, su hermana ya le había bromeado más de una vez sobre ello.
Reflexionó
y respiró un segundo más, entonces giró la llave, y sintió las pisadas seguras
de Jean al otro lado de la puerta, y en el justo momento de abatir la puerta
hacia adentro, él le quitó el maletín de la mano y lo echó a un lado, con un
gesto mecánico cerró la puerta tras su espalda mientras le daba un encantador
beso:
-
Hoy no, Jean- le dijo seria y cortante-
hoy ha sido un día terrible. ¡No sé cómo
puedo seguir trabajando en esto!- se deshizo del abrazo, sabía que adoraba su
trabajo y que nunca lo dejaría, notó que los ojos se le humedecían.
Jean
la invitó a pasar, y le señaló la mesa con la cena puesta, mientras se dirigió
a la cocina a coger una botella de vino español, un Berberana reserva. María
mientras pasó hasta el baño, dejó los zapatos de golpe en una esquina y se sacó
el sujetador y lo revoleó donde primero cayó, cogió de la nevera un yogur
bebido, Jean frunció el ceño, sabía lo que significaba ese gesto, otra noche
sin cenar; pero no estaba dispuesto a consentirlo, había hecho unas deliciosas
patatas rellenas y estaba dispuesto a que ella se sentara en la mesa costara lo
que costara.
En
aquellos años había aprendido a darle coba, era capaz de cambiar de
conversación o de aplacar su impotencia con sólo contar un chiste malo con
aquel acento que sabía que la volvía loca;
pero las tres últimas semanas habían sido especialmente duras. Se habían
quedado muchas cenas sin tocar y alguna que otra noche la había sentido
levantarse de la cama en la madrugada y prepararse su tisana de tila y anís,
aquella con la que aplacaba los nervios y también la desazón que tenía en el
estomago a costa de no comer ni un solo día en condiciones.
Sabía
que su trabajo no era fácil, la conoció en una de aquellas idas y venidas y
supo escucharla, no juzgarla y sobre todo, no opinar. La observó, semirrota,
echa un gurruño sobre el sofá; se
dirigió a ella y le acarició el pelo:
-¡Anda!, ¡Cielo!, vamos a cenar- le
hizo un breve masaje en los hombros- te he hecho tu plato preferido. Te contaré
lo que ha hecho Luis Cebrián hoy en clase. ¡Ese chico no tiene remedio!- lo del
chico no venía a cuento; pero era una indirecta para recordarle que él también
tenía tensiones laborales. Ella giró la cabeza y le sonrió, se levantó del sofá
con desgana, no pensaba dejarle esta vez la cena plantada, no se lo merecía, y
mientras se sentaba a la mesa, añadió:
- Los Luises Cebrianes son los
culpables de que yo luego tenga muchas Dolores Domínguez en mi despacho- puso
un gesto de intolerancia y hartazgo.
La verdad es que Luis Cebrián, con
sólo once años, era un triste ejemplo de machito mexicano. Jean se dispuso a
seguir escuchándola mientras echaba el vino, el vino cayó de color granate
oscuro, como sangre y Jean recordó que no soportaba la visión de la misma.
Aromas de de fruta y maderas recorrieron la mesa. María jugueteó con la copa,
olió el borde del cristal y sorbió un pequeño trago. Jean la invitó a seguir
hablando mientras repartía la comida en cada plato. Ella se decidió por fin a
hablar:
-
Jean, es la misma historia de siempre;
vuelven, siempre vuelven. Regresan por el dinero, por los hijos, por la casa,
por el miedo a estar solas, por el miedo a ser criticadas… siempre regresan-
los ojos se le inundaron de lágrimas.
-
La decisión es de ellas, tú no puedes
hacer nada- apostilló Jean con serenidad.
-
Si puedo hacer, debería de poder hacer
más…
-
Haces lo que puedes, lo que debes, hasta
ahí llega tu trabajo….
-
Mi trabajo es guiarlas, enseñarles,
mostrarles otros caminos, orientarlas en su nuevo destino, una vez que deciden
abandonarlos; pero, pero…- balbuceó como una niña. Pinchó un bocado como si le
hiciera un haraquiri.
-
María ya lo sabes, no todo depende de
ti, tú eres una parte, les abres las puertas, pero a veces…- Jean intentaba
calmarla
-
…A veces, a veces les vendo paja detrás
de esas puertas, detrás de esas puertas sólo hay vacio y soledad. Les digo que
regresen a sus familias de origen, sus padres, sus hermanos, y muchas de esas
familias son ya hogares absolutamente desestructurados y detrás de ello el
motivo en muchos casos de que ellas eligieran mal. Les digo que pueden
trabajar, las animo a ir al paro con los pocos conocimientos del que disponen,
el conocimiento de la mayoría son mínimos, si no hay trabajo para la gente
preparada, ¿cómo va a haber para ellas? Les digo que valen, que existen para
algo más que para aguantar a esos tipos y al final yo misma, y desde mi lugar
privilegiado, sin quererlo, les digo que nunca van a llegar a ser una mujer como
yo- su voz era burlona- seguras de sí mismas, tituladas, independientes, con
una familia que las apoya, y una pareja que las adora y le soporta
absolutamente todo- las lágrimas por fin corrieron por sus mejillas, aún así se
metió el trozo de comida en la boca y masticó lentamente; Jean le acercó una
servilleta de papel y le esbozó una de sus mas encantadora sonrisa:
-
Calma María, calma cielo- su acento
resonó como nunca en el salón en penumbras, los ojos de ella se frenaron en los
ojos verdes de él durante unos segundos y luego se giraron hacía el cuadro de
Venecia multicolor que presidia la mesa. María entre lagrimas sentenció:
-
A
veces quisiera irme lejos, desaparecer- sus ojos se posaron de nuevo en el
cuadro, “quisiera perderme en ti, pero estoy tan cansada “pensó para sí misma.
-Dolores
Domínguez ha regresado con su “monstruo”- en sus ojos ámbar volvió a aparecer
fugazmente la rabia.
Jean
no esperaba nada mejor, sabía que cada vez que una mujer daba un paso atrás,
María lo encajaba muy mal. Eran muchos años trabajando en aquella profesión, él
ya la conoció en ello y llevaban ya ocho años juntos. Habían aprendido a
aceptar pasar las cenas hablando de aquellas mujeres desconocidas que cena a
cena pasaban a ser sus hijas, esos que nunca se habían decidido a tener.
Él
también tenía sus niños, los del colegio noruego, y hablaban de ellos y
compartían historias; pero reconocía que las “niñas mimadas” de María
ganaban en peso a sus pequeñas historias
de fieras infantiles. Las noches eran ocupadas por las historias de aquellas
mujeres, y algunas de ellas con tantas fuerza, que pasaban a tener un hueco en
sus celebraciones cotidianas, se brindaba por ellas cuando conseguían salir de
sus terrible historias a base del esfuerzo y la desazón del equipo de María, que no descansaban hasta conseguir
poner a salvo de su “monstruos” como ella llamaba a sus terribles parejas, era
el único insulto que se permitía en aquella casa a aquellas bestias.
María
decía que era tan fácil llamarles de todo, que había aprendido a llevar una
especie de doble personalidad. En su casa les llamaba un solo descalificativo
de “monstruos”, mientras que en el despacho y delante de sus víctimas, los
trataba de forma políticamente correcta para no herir sensibilidades; pero Jean
a veces sabía, que cuando María recibía la noticia de que alguna de sus “niñas”
había muerto a manos de su pareja; el almohadón de la cama había aparecido
lleno de silenciosos insultos como “asesinos, cabrones, bestias, necios, hijos
de puta.” Y un largo etcétera. A veces Jean mientras lo acomodaba sobre el
cabecero de la cama, pensaba que si aquel almohadón hablara, quizás aquellos
sinvergüenzas no volverían a tocar jamás a aquellas mujeres. Porque María era
humana, muy humana; pero en eso de respetarse a sí misma, era una verdadera
fiera, y eso fue justo lo que le conquistó de ella.
María
sabía exponer justo dónde estaban sus límites, sabía coger su espacio de forma
natural, y si no era capaz de demandarlo y discutirlo de una forma didáctica y
clara hasta que todo quedaba bien claro. Jean había descubierto que con María
uno podía buscar muchas excusas; pero no que no supiera por qué camino andar
junto a ella.
II: Mediados de Abril
Era
la hora de la cena, sonó el “ladrido” del teléfono, mientras Jean se aceleraba
a descolgarlo, sonrió pensando en el porqué de un teléfono que sonaba así;
María siempre decía que no tenía tiempo para dedicarle a una mascota, pues
estas ante todo necesitaban tiempo y cariño, y ella tenía un horario de trabajo
imposible desde las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde y no siempre
era así. Descolgó el teléfono:
-¿Diga?-
su voz sonó acogedora- ¿sí?
-¿Jean?-
la voz de María sonó al otro lado del teléfono- ¿Jean?, ¡Oh, cielo!, siento que
sea tan tarde, he estado en el despacho hasta ahora mismo, ha entrado un nuevo
caso, estoy agotada, no llegaré a cenar. Tomaré algo aquí con Pedro, ya sabes
¡Amor llegaré lo antes posible!- su voz sonaba acelerada, ciertamente estaba
trabajando y posiblemente aún estaba en el despacho:
-No
te preocupes, llega cuando puedas- ¿qué le iba a hacer?
-
Habrás hecho algo de cenar delicioso, como siempre. Siento terriblemente no
haberte avisado antes, he estado muy liada, creí que me daría tiempo- María
sentía de verdad no haber podido llegar.
-
No te preocupes María- repitió Jean paciente- tarda lo que sea y soluciona ese
asunto, sabes que no me iré, estaré aquí esperando… hasta que llegues—esto
último lo dijo con un tono un poco irónico- ella saltó a la provocación
-
¡Oh, Jean, eres terrible!, no sé qué haría un vikingo tan feísimo como tú por
ahí solo sin mi- María rió a mandíbula batiente- te amo, te amo- bajó la voz
-
Yo a ti no, fea- Jean la hizo reír, como casi siempre- te amo niña- le
encantaba que le dijera esas cosas; a lo lejos sintió la voz de Pedro:
-
¿Queréis dejar de darme envidia? ¡Dejar de deciros arrumacos delante del jefe!
-Adiós
Jean- suspiró María- tengo que colgar o Pedro nos matará a los dos- Te quiero.
- sonó que colgaba
Jean,
se resignó a colgarlo, se dirigió al
frigorífico, cogió el plato con la cena, una deliciosa ensalada de aguacates
con salmón, noruego, por supuesto y un delicioso y aromático vino blanco de
Barbadillo bien frio, cenó en la cocina, en la mesa de desayuno, para una
persona, estaba bien.
Mientras
cenaba, intentaba recordar cuántos días había hecho lo mismo, cenar solo, desde
el pasado mes de Enero, y reconoció que empezaban a ser demasiadas, al igual
que en el año anterior y en el anterior.
Él
trabajaba impartiendo clases de Noruego en un colegio de primaria, se llevaba
toda la mañana, carpetas en mano de aquí para allá, pues su asignatura abarcaba
a todos los cursos desde primero hasta sexto, toda la mañana dando bandazos;
pero no se podía quejar, le gustaba impartir su idioma natal, cobraba bastante
bien, y era un trabajo relativamente cómodo, además su horario era fijo, no
como el de María, una vez que salía de trabajar a las dos y media se podía
considerar un hombre libre, si se lo planteaba era la primera vez en su vida
que vivía tan bien; una vez que salía comía con algunos compañeros, iba a las
compras, dos horas de gimnasio y luego a lo que le diera el día hasta que a las
ocho comenzaba a hacer la cena para cuando llegara María.
En
aquellos años, se había acostumbrado a disculparla en sus ausencias, ya había
pasado aquella etapa de inseguridad y celos, celos de Pedro, por supuesto,
aquel cancerbero que María llevaba pegado a sus pies laborales, Jean creía que
se excedía en su trabajo de jefe, compañero y amigo y algunas veces hasta lo
señalaba como una especia de “suegra” siempre a la espalda de María; pero
salvando los celos iniciales, había aprendido a aceptarlo como una parte más de
la complicada trama que era la vida de ella, y había llegado a la conclusión de
si María hubiese querido algo con Pedro, ya lo habrían tenido hacía mucho
tiempo y a lo mejor si en tiempo atrás hubo algún intento por parte de ambos,
eso sólo había dejado paso a una buena y respetable amistad.
De
por otro lado, María había pasado a ser la mujer de sus sueños, le había
ayudado a dejar muy atrás su vida gris en Noruega, y le había enseñado a pintar
de color su nueva vida; porque ella tenía esa habilidad de llenar de color cada
rincón, era sin duda una persona especial, vivía cada instante al máximo, lo
daba todo tanto en la vida personal como en el trabajo, no existía el
aburrimiento con ella, era optimista, siempre tenía una palabra de ánimo, una
conversación chispeante. La había visto llorar desesperadamente y completamente
hundida cuando alguna de sus “niñas” sufría o era una víctima más a contar en
el noticiario de la víspera y esto lejos de alejarla de la lucha, salvando los
momentos de rabia iniciales, la echaba mas al ruedo, enfrentándose a todo lo
que hiciera falta y más. Tenía en sus manos el don de saber vivir la vida,
viviéndola y dejando a todos vivir. La amaba, la había captado desde el primer
momento, fue como su cuerda para salir del pozo, y una vez que vislumbró la
luz, ya no hubo más sombras en su vida.
Jean
puso música, encendió la luz del lector y se tiró en el sofá a leer “2001, una odisea en el espacio”; siempre que leía lo hacía en su idioma, era una
forma de no alejarse demasiado de su tierra. Antes de ponerse las gafas de
cerca, recorrió con la vista el salón, la pared de color azul, el techo blanco,
la enorme librería de color crema y estilo inglés, el sillón orejero de María,
en color rojo, junto a la ventana y reparó un buen rato en el cuadro de
Venecia, ese dónde ella, cuando se desesperaba, buscaba su escape.
-
Algún día la llevaré a Venecia,
pasearemos en góndola, y visitaremos algún palacio fantasmal- pensó en voz
alta.
Se situó las lentes en la nariz, se
acomodó y se dispuso a leer, sabía Dios hasta qué horas estaría allí esperando.
III: Veintiuno de Abril
Sonó
el telefonillo, chirriante e insistente, Jean se dirigió a él con desgana y lo
descolgó:
-
No queremos nada, somos extranjeros y no
tenemos dinero- sonaron unas risas y la voz de María
-
¡Jean, Jean! ¡Baja! ¿estás listo?- su
voz era alegre, estaba feliz- ¡baja Jean! ¡tenemos algo que celebrar!
-
- María aún no estoy listo, te esperaba
algo más tarde- contestó algo cansado, acababa de llegar del gimnasio y hoy se
había machacado bien fuerte.
-
¡Jean, venga, dúchate rápido!; pero no
se te vaya a ocurrir ponerte demasiado guapo o Fina no se podrá resistir y se
te tirará al cuello- risas abajo- venga cariño. Hacemos tiempo tomando algo ahí
enfrente, ¡te queremos las dos!- sonó la voz de Pedro refunfuñando a lo lejos,
más risas- ¡hasta ya, cariño!
Jean
colgó el telefonillo y se dirigió perezoso hasta el baño, por el pasillo
sonreía pensando en la clase de pareja que podrían hacer él y Fina. Fina era la
secretaria multidisciplinar de Pedro, una mujer encantadora con un excelente
sentido del humor, tenía ya los sesenta años y llevaba trabajando con ellos
desde hacía unos treinta años; sencillamente se adoraban, su nombre hacia honor
a su elegancia y saber estar pero no a su peso pues era una belleza nórdica de
casi 120 kilos, una gran mujer en toda su extensión.
Jean
se metió en la ducha, se enjabonó lentamente y puso atención en sus partes
íntimas, pensó en el tiempo que llevaban él y María sin hacer el amor. Se dejo
de ir a cosa hecha, pensó que durante la copa, ellos podrían hablar del
trabajo, y así durante la cena hablarían de otros temas.
Se
afeitó desnudo frente al espejo estilo Luis XIII, dejó que su pene rozara
tímidamente con el frescor de la losa de mármol travertino que enmarcaba el
lavabo; pensó que el cuarto de baño de estilo rococó no le iba muy bien a la
decoración del resto del piso, que era de estilo anglo-neoyorkino. María tenía
una forma especial de percibir la vida, los colores, la gente. Era
sencillamente de otro mundo.
Se
vistió. Pantalón vaquero y camisa de lino blanca; aunque era Abril, hacía una
noche exquisita, no perdió el tiempo en coger un jersey. Cerró la puerta tras
de él, y se dirigió al ascensor, era un noveno piso, no le quedaban fuerzas
para bajar andando; el ascensor tardó un buen rato, mientras pensaba en cuál
sería el motivo de la celebración, se le fue la mente hacía Dolores Domínguez,
sonrió a la vez que se llevaba la mano a la nunca y se la masajeó, pensó en
tomarse la tensión, el médico en su último chequeo le dijo que la tenía un poco
alta y que a su edad tenía que empezar a cuidársela, “el enemigo silencioso” la
llamó, pues decía que no avisaba, un buen día te daba un telele y se acabó.
Jean se prometió tomársela al día siguiente, comer menos sal, y quizás
machacarse un poco menos en el gimnasio, tampoco estaba tan mal a sus cuarenta
y ocho años.
En
cuanto se asomó al portal, María y Fina le hicieron señas desde la terraza del
bar de enfrente.
-
¡Ven guapo!- le gritó Fina, mientras le
silbaba a forma de piropo- Jean no pudo evitar ponerse rojo, Fina le superaba.
María
se levantó inmediatamente y lo enredó en sus brazos:
-
Fina después te lo dejo un ratito- María
le besó en los labios- cariño, adivina- Pedro le hizo un ademán de “no tiene
remedio” y le saludó con la mano.
-
No sé cielo, aún estoy agotado, mi
cerebro está lento, no sé qué es lo que ha pasado- le contestó algo despistado.
-
Ayer ingresaron de nuevo a Dolores, el
“animal” esta vez sólo consiguió ponerle los ojos morados y romperle dos
costillas- María, a pesar de todo hablaba sonriendo y acelerada- esta mañana ha
vuelto a poner la denuncia, creo que esta vez no la perderemos. Vamos a acabar con
ese “monstruo” de una vez.
-
María- Jean le devolvió las sonrisas y
le apretó las manos- creo que es estupendo, pero no te hagas demasiadas
ilusiones, ya sabes que ellas suelen regresar.
-
Ya se le he dicho- añadió Pedro- pero ya
sabes cómo es ella, es una especie de “superheroina americana”- se burló Pedro
haciéndole muecas cariñosamente.
-
De esta vez vamos a acabar con él, vamos
a cursar la orden de alejamiento y mañana por la mañana se hará efectiva- María
vibraba- Fina apóyame, estos hombres son unos pesimistas.
Fina
tocó palmas y añadió:
-
¡Vámonos a cenar!, lo que yo tengo es
hambre. Ha sido un día interminable.
Se
dirigieron al restaurante preferido de Fina, uno de comida tunecina que olía a
curry, alcaravea, canela y otras aromáticas especias, que provocaba que mas que
comer allí , te apeteciera comerte el
restaurante entero.
La
cena discurrió tranquila hasta la hora de los postres.
-
Es cierto, Fina, la comida es buenísima
pero nunca iré a Túnez, es un país musulmán, odio la posibilidad de pasear por
una calle donde paseen cientos de mujeres encerradas en sus burkas, encerradas
en vida, sabe dios en sus casas.
-
No María , te equivocas, conoces poco la
cultura musulmana- intervino Pedro, que había tenido la suerte de recorrer
mucho mundo, y era una enciclopedia andante- esas mujeres aceptan su condición
por convencimiento religioso, pero no son parcas en sus privilegios, en sus
casas son verdaderas reinas, en su vida íntima son respetadas como jefas del
clan, si son buenas esposas, administran su dinero con disciplina, y su casa
está en orden, son consideradas positivamente y se las mima hasta la muerte; si
se les hace un desagravio, el esposo tienen la obligación moral y religiosa de
resarcirlas de ello, incluso con su propia vida. El problema es la libertad respecto
al resto de la sociedad, su aislamiento social anda en paralelismo con el de
las monjas de clausura, para darte una referencia más cercana.
-
¡Pedro!- saltó María-nunca pensé que
dirías eso, eso que tú dices será en las casas acomodadas, tendrán sirvientas,
etc.; pero ¿qué pasa con las escalas más bajas de la sociedad?, ¿son igualmente
privilegiadas?- Fina le hizo gestos de afirmación con la cabeza mientras
engullía un delicioso pastel de almendras y dátiles.
-
María sabes perfectamente que no siempre
es una cuestión de dinero, ni de cultura más o menos acertada- añadió Pedro-han
caído mujeres con buen nivel económico, con buen estatus social, con
profesiones de relevancia, no hace falta
que te recuerde la multitud de casos…
-
Aquí el tema es al contrario, os movéis
como reinas, os vestís como queréis mostráis lo que queréis, el problema es lo
que os espera dentro- añadió Pedro
A
María le asomaron un par de lágrimas a los ojos, se hizo un silencio extraño en
la mesa; Jean supuso que era hora de proponer algo para cambiar de tema y todos
estuvieron de acuerdo.
Cuando
llegaron a la casa eran las tres de la mañana. Jean entró en el baño, cuando
salió, María estaba en el despacho rodeada de carpetas, aquellas carpetas que
le quitaban el sueño y que eran parte inseparable de sus vidas; Jean ojeó
algunas sin levantarlas de la mesa, “abuso a menor y malos tratos”, “malos
tratos e intento de homicidio”, “malos tratos reiterados”,” malos tratos a una
menor y abusos (su hija)”. Jean las cerró en abanico y María ni siquiera
levantó los ojos de la mesa, besó a María en la frente.
-
Veo que trabajarás un rato, me voy a la
cama, me levanto temprano- le sopló un beso desde la puerta.
-
Gracias cariño por tu eterna paciencia,
tengo mucho trabajo, han entrado dos nuevos casos, y además mañana, hay que
cerrar la orden de alejamiento del tipo ese, ya lleva mucho retraso- le
devolvió el beso.
María
se quedó trabajando en bragas y camiseta y descalza como hacia siempre, con los
zapatos y el sujetador desparramados por el suelo.
IV: Cerrando Abril
Jean
silbaba una canción de los Beatles mientras preparaba la cena, ese día estaba
contento; el día había amanecido claro y soleado y se había permitido ir sin
chaqueta a trabajar, lo que agradecía en sobremanera, pues en su país nunca se
hubiera podido permitir el lujo de ir a cuerpo. Observaba tras el cristal del
horno, como se abrían los mejillones al vapor, mientras removía una salsa de
ajo y perejil en la sartén. En un mes y medio ya tendría las vacaciones y se
había propuesto regalarle a María ese viaje a Venecia para los dos, esperaría a
tenerlo todo hablado y sentenciado para decírselo. Había sido un año muy duro y
le pidió a Pedro que les dejara algunos días en Julio, Pedro le dijo que no
había problema y que le guardaría el secreto; era sin duda un gran tipo.
Sonó
el telefonillo, le dolió la nuca, pensó “la maldita tensión”; lo cogió:
-¿Si?-
temió que fuera María, estaba tan a gusto en casa.
-¿Puede
abrir?- Una voz desconocida sonó al otro lado del auricular-¡publicidad!-
añadió la misma voz.
-No,
no abro a extraños a estas horas de la noche- colgó y respiró aliviado, miró
los mejillones, dos minutos y estarían listos- Ojalá no tardara esta noche-
pensó, los mejillones había que comerlos en el acto.
Sonó
el “ladrido” del teléfono, lo descolgó y apagó la salsa.
-
¿Sí? ¿ María?- se temió lo peor
-
Oh, sí, querido Jean- María hablaba
bastante sofocada- me tengo que quedar, no han cursado la orden aún y Dolores
quiere retirar la denuncia de nuevo ¡es terrible! ¿qué hago Jean?...
-
No lo sé María- le contestó desganado-
No sé qué decirte ni que hacerte- se llevó la mano a la nuca- esa mujer no
tiene remedio, nena, en general ninguna tiene remedio- se le marcó el acento al
hablar enfadado- sabes que al final tienes que aceptar que ellas quieran hombres
así, que las maltraten y luego les pidan perdón y les digan que las aman más
que nadie, no tienen remedio, ni quieren tenerlo María…
-
Jean estás enfadado, lo sé, lo siento;
no sabía que quería regresar con él, nos hemos llevado tres horas
convenciéndola para que por lo menos no retirara la denuncia…
-
Da igual María- la cortó Jean- no hace
falta que te disculpes, todo está bien, todo lo bien que puede estar…Nos
comeremos los mejillones yo y el perro- ironizó.
Como
siempre.
-
Jean no te enfades, pero ese perro no
creo que tenga hambre y que le gusten los mejillones, ni pienso, ni nada…-María
reía.
-
Bueno, pues este perro tiene hambre y se
los comerá todos- hablaba de sí mismo sin emoción, esos eran siempre sus
enfados, se callaba y se metía dentro de sí.
-
Jean prometo llegar lo antes posible.
Están Pedro y Fina aquí conmigo; y además no eres un perro, eres una persona,
una persona estupenda. Te quiero.- sonó por detrás del teléfono un “Oh, qué
romántico”.
-
Venga María cuelga, te esperaré y dile a
esos dos que son unos cotillas- Jean colgó no sin decirle antes que la quería.
Cenó
en la cocina y se dirigió al sofá a leer, era una noche serena y plácida de un
treinta de Abril. Comenzó la lectura, el comandante Bowman estaba sólo en el
universo con su ordenador HAL que además de pensar por sí mismo, era un
asesino. La maquina se saltaba así a la torera la primera ley robótica; ir
contra el hombre: su creador. Fuera la
vida, para bien o para mal, seguía en cualquier otro lado del universo.
María
llegó a las una y cuarto de la madrugada, Jean no se levantó del sofá, se había
quedado medio dormido, dejó el móvil en la entrada, sobre la mesita, tiró los
zapatos sobre la alfombra uno aquí y otro allí, revoleó el sujetador , se fue a
la nevera de la cocina y cogió un yogur bebido. Se sentó al lado de él, en el
sofá, estaba más guapo que nunca, con ese aire tan rudo, rubio y cano; se apoyó
en él buscando el refugio de sus brazos, temía que aún le durara el enfado, su
forma de expresarlo era ignorarla durante días y siempre temía que llegara esa
situación.
-
Te amo, te amo, no sabes la falta que me
hacías hoy- le dijo dejándose caer a su lado agotada.
-
Eso no es verdad María, si yo te hiciera
falta, habrías llegado antes- le contestó medio dormido, sin alterarse, se
llevó la mano a la nunca, el dolor era insoportable, siguió tranquilamente
acariciándole la espalda- me dejas aquí abandonado, solo en tu nave espacial, con tu perro mecánico
que me ladra a veces, sin nadie que me quiera ni se acuerde de mi- dulcificó
aún más la voz.
-
Oh no, cariño. Donde mejor estoy es en
tus brazos, te echo tanto de menos- mientras se dirigían al dormitorio,
atravesando el pasillo- no puedo vivir sin mi “perrito” que come mejillones- le
bromeó retomando la conversación que habían mantenido por el teléfono de horas
antes que la hizo reír.
-
Tú no quieres a este perrito María, es
igual que tus otros perros, esos que tú odias- la echó sobre la cama, se echó
sobre ella sin prisas le desabrochó la camisa- pero este perro esta noche te va
a hacer el amor…
-
Oh Jean, estoy tan agotada- María
sonrió. Dejándose seducir, pensó que así pasaría pronto su enfado- por esta
perrita haría cualquier cosa por ti esta
noche- le acarició la cabeza, la nuca, enredó sus dedos en su pelo.
Jean
entonces recordó el gris de Noruega, el gris de su vida anterior, la sujetó por
el cuello sin pasión, la besó lentamente una y otra vez.
-
Jean me estás haciendo daño- protestó
mimosa María
Jean
recordaba todas las tardes sin ella, solo en sus cenas, recordaba las noches
hablando sólo de ella y de sus problemas...
-Jean,
no me dejas respirar…. Estoy cansada- María apenas podía hablar. Jean siguió
besándola, atándola, amarrándola, debajo de sí, por fin era para él, por fin
era sólo para él…,disminuyó el dolor de su nuca y entonces le miró a la cara,
la preciosa cara de María, su cara estaba extraña, miraba hacía un lado con una
expresión inmóvil, sus ojos estaban semiabiertos y no parpadeaban. El cuerpo de
María yacía sin vida bajo su cuerpo, le había roto el cuello. La besó una y
otra vez de arriba abajo, la desnudó y la dejó en camiseta y bragas como a ella
le gustaba estar, la tapó con la sábana, estaba tan hermosa cuando dormía.
Mientras le tapó la cara con el almohadón.
Entonces
buscó un billete en internet, lo cursó para ir a Moscú, esa misma mañana a las
seis y media estaría lejos. No era la primera vez, ya le sucedió en su país,
aquella mujer no paraba de decirle como tenía que vivir, y María había cometido
el mismo error, sólo que ella era más inteligente, sólo le había marcado el camino
con sus ausencias, le había dejado sin opciones.
En
Moscú no tendría problemas, ya no tenía quien lo retuviera, quién le marcara
los pasos, María era quien le retenía, pero casualmente ya no estaba, sólo
estaba su cuerpo inerte, la volvió a besar, empezaba a enfriarse.
Se
vistió, recogió poco equipaje; reunió las carpetas del despacho y se las colocó
alrededor, ella nunca se iría al universo o donde fuera sin acabar su trabajo,
era una muy buena profesional. Le colocó el almohadón por detrás de la cabeza,
ésta se le ladeó como la de una muñeca rota.
Al
dirigirse a la puerta para salir, se paró delante de la mesita donde descansaba
el móvil, vio que había tres mensajes de Pedro, consultó el primero:
“María
sé que no me perdonarás el que te haya dicho antes que no te lo debería de
haber contado; por favor no llores demasiado, o por lo menos, no llores sin mí.
Te debo una cena por dudar de tu entereza, te ama tu jefe”
Pasó
al siguiente:
“María,
cielo, espero muy en el fondo que no veas el mensaje hasta por la mañana,
estabas agotada y necesitabas descansar como el comer. Ya sabes que no sé
parar. Te ama tu jefe, guapa”
Y
abrió otro más:
“María
tengo que darte una mala noticia, han encontrado a Dolores dentro del maletero
de su coche con el cuello desgarrado y desangrada. Su marido estaba al volante
y las chicas estaban amordazadas detrás de él. Se ha suicidado el muy cabrón,
encendiendo el coche dentro del garaje, anuló cualquier entrada de oxígeno.
Encima estos monstruos son unos maricones”
Jean
apagó el móvil, recogió el equipaje del suelo como si no hubiera pasado nada,
como si no hubiera leído nada, ni un gesto, ni una palabra, nada. Cerró la
puerta con llave al salir. Mientras esperaba el ascensor, sintió a lo lejos el
ladrido mecánico del teléfono. Cesó .Sonrió, eran las cuatro de la mañana y le
daba perfecto tiempo a llegar al aeropuerto. Sonó de nuevo el teléfono. Se
montó en el ascensor. Dejó de sonar.
V: Primeros de mayo
En
las noticias del medio día se dieron los nombres de dos nuevas víctimas por violencia
de género que incrementaron las listas; dos nombres más que sumar a aquella
indeseable larga lista.
Fina
habló en algún medio de comunicación:
- “Todos
queremos erradicar este mal de nuestra sociedad, una sociedad que nos aparece
como más o menos ideal, más o menos moderna; pero aún regresa con fuerza el
monstruo amarillo de la envidia, el diablo verde de los celos, los silencios que impiden la comunicación,
los gritos que impiden la convivencia, regresa a nuestras vidas una y otra vez
el ancestral “hombre de las cavernas” con su fuerza como única arma. Nos golpea
una y otra vez, las mujeres no podemos relajarnos, aún tenemos que luchar,
tenemos mucho por hacer, no dejarnos engañar por imágenes falsas en los
espejos, darnos a valer, amarnos a nosotras mismas. No debemos por simple
imagen, reducirnos a mujeres recluidas en un bonito cuerpo, en una bonita
imagen; debemos de hacer respetar nuestra opinión, votar, definirnos política,
religiosa y socialmente. Tenemos que hacer valer nuestros criterios; decir al
mundo: sí, hablamos mucho, es cierto y cada día hablaremos más. Hagamos que
nuestra voz no retroceda ni un milímetro, levantemos la cabeza y la voz por
todas las que van cayendo en el camino. Dirijamos incansable nuestro paso hacia
adelante, enseñemos a nuestras hijas a revelarse, a trabajar y a lograr sus
sueños. Enseñémosles a amarse a ellas mismas antes que a nada ni a nadie,
enseñémoslas a respetar y a respetarse por encima de todas las cosas, a
definirse como personas ya desde pequeñas. Enseñémosles el derecho a decir no,
alto y claro. Mostrémosles el camino y hagamos
que cuando comiencen la aventura de su vida vayan con paso seguro y sin
complejos adquiridos del pasado.
La vida que vivimos en
este mundo es para todos y ya es hora de que todos y todas la disfrutemos por
igual. Y digo la palabra “disfrute” en
su concepto más alto de vida, porque la vida debe de ser un disfrute, y no un
paseo de lágrimas.
Respecto a el por qué
las matan, es algo que no podremos entender nunca, en un mundo como el de hoy
en que la mayoría podemos hacer uso de nuestras libertades sería lógico que se
fueran , se separaran y ya está; pero ellos quieren acabar con la figura que
simboliza a sus madres; la mujer a la que nunca negarían; no es que maten a sus
madres, serían incapaces, acaban con la vida, esa en la que nunca van a estar
completos, porque estos señores siempre estarán incompletos. Matando a sus
parejas, matan a la creadora, matan a la fuente de la que mana la vida; date
cuenta que la mujer es la que posee a través de su naturaleza el paralelismo
más grande con la creación del mundo y eso les da poder, un poder absoluto.
Ellos acaban con ellas porque con eso pasan a ser los grandes controladores,
así controlan aunque sea durante segundos, la vida.
Ellos, viven un en un
mundo gris de invierno y nosotras las mujeres vivimos en un permanente Abril,
eclosionando, resurgiendo, reinventándonos. Estos hombres grises, tristes, no
comprenden nuestras ganas de vivir, de revivir, de supervivir. Este tipo de
hombres anteponen su Noviembre a nuestro Abril.”
La comentarista, le
felicitó por su opinión, con la que se sintió plenamente en acuerdo. Para
cerrar la sesión, convocó la manifestación que había pendiente para el primero
de Mayo en honor de la víctimas por violencia de género. Comunicó que la administración subía las
ayudas para el siguiente año. Y dio las buenas noches.
Mientras Fina, fuera de
micrófono, se derrumbaba sin entender nada de nada, su gran amiga María había
desaparecido a manos de unos de los peores “monstruos” de la larga lista de
maltratadores, el “maltratador silencioso”, nunca le había caído demasiado bien
Jean, su demasiada alta autoestima, su fría mirada, su forma de tratar a María
como si siempre estuviera necesitada de él, nunca hablaba de su pasado, y casi
que nunca hablaba, nunca le gustó; pero nunca se lo dijo a María, por respeto.
Jean no pudo escapar,
Pedro llegaba en el momento en que le vio marcharse con la bolsa de deportes
demasiado llena, había algo que no le gustaba, llamó al telefonillo y al no
recibir respuesta, llamó a la policía. Sólo tuvo que decir quién era. Abrieron,
y se encontraron a aquella mujer que parecía de porcelana; parecía dormida, por
lo menos no había sufrido.
Detuvieron a Jean en el
aeropuerto, no le dio tiempo a irse. Sólo dijo que siempre estaba solo, que no
le gustaba estar solo. ¿Era un loco? O simplemente un terrible hipócrita.
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