martes, 25 de marzo de 2014

Unicornio rosa, Russell y poesía




Hoy vi un unicornio montado en la tetera de Russell
volaban a velocidad de vértigo sobre nosequé sol
Tiraba poesía desde el cielo,
me causaban un gran estupor
La gente seguía andando tan tranquila,
no notaban lo que yo
Miré a un lado y a otro
los versos chocaban contra el suelo,
 se elevaban en letras sueltas,
se convertían en música
y caían de nuevo sin ton ni son
Me miré las manos,
intenté retenerlos, no podía
Miré mis pies, no estaban
Me empezó a dar pánico
Miré al cielo, había una gran tetera dando vueltas,
 sobre ella viajaba un unicornio rosa
Tiraban poesía desde el cielo
 Quería cogerlas antes del llegar al suelo
y no podía, no podía, no podía...

domingo, 23 de marzo de 2014

Caminar descalza




Quiero caminar sin horas, ni zapatos que me amarren los pies
caminar despacio hasta la orilla del mar
caminar tranquila sin mirar atrás
Quiero caminar sin prisas, sin obligaciones
caminar avanzando un poco más
caminar sin saber a donde llegar
Quiero caminar, caminar descalza,
descalza por el parque.

En loor de perfección


                                                                    


Recuerdo que me crié en un colegio de monjas, la imperfección, la diferencia, la forma distinta de andar, de expresarte, de llevar el uniforme, de sentarte, de entender la justicia, la biblia, se pagaba con una severa reprimenda. Yo salí de aquello hace mil años, tantos, que ya casi no lo recuerdo. Todavía juego a que adivino por cómo se mueven algunas mujeres si se han criado o no en un colegio de monjas de los de aquella época, es fácil identificarlo por su actitud física sumisa. Apenas levantan la cabeza que no quiere decir, venido al caso, que no levanten la voz, y la forma de vestir aleccionada y equilibrada hasta la pulcritud, las delata, como si nunca hubiesen roto el cordón umbilical invisible que las unía a aquel orden perfecto que significaba el colegio, el uniforme, la regla ineludible. El pelo arreglado semanalmente hasta la perfección de peluquería, corto y cómodo, todo controlado, desde el largo de la falda hasta los pendientes que llevan en las orejas, apariencia conservadora y discreta.
Han pasado los años, yo que ya nací rebelde, una vez que salí del colegio sólo he tenido que romper ese cordón al principio de mi vida adulta, donde ese aleccionamiento en loor de perfección me llevó a una anorexia imposible y a destrozarme las manos en una obsesión estúpida por el orden y la limpieza. Aquello rozaba en la neurosis, delgada hasta la perfección de una calavera. Limpia hasta quedarme sin flora vaginal y buscarme mil y un problemas ginecológicos, me llevaron un día a mirar a una mujer en el espejo a la que yo no reconocía. Vamos a decir que todo estaba donde tenía que estar menos yo, hasta que me revelé y le dí la vuelta a la tortilla, cambié mi concepto de perfección, como siempre me pongo los listones altos, el ejemplo era la naturaleza ¿Cuánto de imperfecta y hermosa es la naturaleza? Así mi vida empezó a "desordenarse" y a rebelarse a que las cosas fueran como "tenían que ser". Esa rebeldía me llevó a ser más y más libre y hoy en día mis imperfecciones forman parte de la persona adulta y madura que soy.
Es cierto que determinado orden ayuda a vivir, un exceso de orden nos mata, acaba con nuestra "perfección natural" Una vez que entras en esa dinámica te conviertes en un cadáver viviente, eres un ser aleccionado, listado, numerado, y coartado. Las personas que no han roto jamás con nada de su niñez, no han roto alguna vez con su orden preestablecido, quien nunca ha tenido una "crisis existencial" porque ha sido así toda la vida: un buen niño, una niña educada y calladita. Una persona que presume de que toda la vida ha sido "igual", no ha crecido, no se ha dado permiso a sí mismo para evolucionar. Giran sobre si mismos como las piezas de un móvil que oscila sólo con la autorización del viento pero sin nunca soltarse de la cuerda que les sujeta al tronco que les amarra a su coartada existencia.
Identifico a estas personas porque ante el pánico que les da despegarse de la falsa seguridad que les ofrece su constreñida enseñanza de primaria, intentan, como en una guerra personal aleccionar a los demás, meterlos dentro de su vara recta e inflexible y que todos caminen igual a ellos por la vida, para que así mismo  no tengan que cambiar el paso ni el camino por el que desfilan ni un solo grado. Odian, al estilo del viejo monje de "El nombre de la Rosa" la risa de otros, la alegría de otros, la "perfección" que ellos creen percibir en otros. Su sed de aleccionamiento perfecto no tiene fin, piensan que la única forma de vivir, de ejercer y de hacer es la que han aprendido y no piensan en que en este mundo que yo y cada vez más gente adivinamos diverso, se mueven muchas formas de vida, muchas formas distintas de proceder, muchas formas distintas de sentir. El acierto en este nuevo mundo que descubrimos, siendo el más viejo y sabio de todos, es hacer un elogio al error, el sabernos humanos, el buscar la perfección en la imperfección que como seres vivos nos acecha a cada paso. El problema surge cuando chocamos de frente con estos "herederos de la vida perfecta" en el trabajo, en nuestras actividades en grupo, creen llevar la batuta, se posicionan por encima del resto, toman decisiones que pertenecen a otros y por supuesto se erigen en jueces y profesores de cada cual. Se les disculpa porque son mayores, jartibles, pesados, críticos, y los aguantamos con altruismo y eterna paciencia intentando que un día, sólo uno dejen su falsa perfección a un lado, guarden la vara detrás de la puerta y se reconozcan humanos ¡Vana espera! La férrea educación no fue en vano, al fin y al cabo sin nosotros darnos cuenta son los perros que guardan el orden del rebaño, sin que nadie se atreva ni siquiera a toser delante de ellos. Si te eriges un día en contra, entonces te marcan como la oveja negra del grupo, y bueno ¿ qué voy a decirles? Bendito fue el día, que salí de la falda de la perfección de Sor maría, y entre a formar parte de mi propia vida, sin lecciones, ni miedos, ni etiquetas, ni castigos injustos, ni culpabilidades y tuve el valor de por fin andar descalza por el parque.

domingo, 16 de marzo de 2014

Sasha; este no es país para perros (Historias recónditas de la playa de Cádiz)


                                                                             



Hoy ha sido el primer día de primavera, la playa estaba llena de gente que paseaba con los niños en sus cochecitos, con sus cochecitos y a su vez con niños con sus cochecitos. También se paseaba a los abuelos con su andadores, ¡ cúanto ha cambiado Cádiz en nada!, y también dueños encantados paseando a su perros, entre estos me encuentro yo. Mi perra algo ofuscada entre tanta pierna humana caminando y enredando aquí allá pidió arena, que le encanta. La niña de pelo blanco, nuestra oveja, como yo la llamo, ha aprendido mucho en estos dos años que lleva con nosotros, ya no se va corriendo tras lo chiquillos y tampoco se tira a las piernas de los desconocidos. Respecto al temor a otros perros, ella no termina de superarlo, su timidez le puede y a veces te ves con una mole de pelo blanco de quince kilos en los brazos antes de decir amén, si viene otro perro de frente que a ella no le hace gracia. Da gusto pasear por la playa en estas tardes previas a la primavera, los muchachos ciñen sus tabletas de chocolate al sol y la muchachas a su vez exponen todos sus encantos. Cambian los colores a lo largo del paseo, del gris al blanco, del marrón al naranja, yo sigo de negro, luto impuesto como el que me siento cómoda desde que recuerdo tengo uso de razón. Buscar un rincón en una terraza que no fuera a pleno sol, ha sido toda una aventura. Entre escalera y escalera del paseo mendigas un rincón donde parar por un momento, por fin divisas el ansiado lugar donde no te pongan peros al perro, y donde te sirvan a pesar de la cantidad de gente un delicioso y aromático café, como siempre y en estos caso, un día más sin taza. Te sientas, tu pareja, el sol, el aroma del café, la gente, el ruido de siempre, el soniquete de los bares de Cádiz, en este caso del Puerto, suena a música divina, ¡ qué chillones somos! Que nos gusta hacernos oír, tacatachán, tilín, tilín. Suenan las voces a melodía extrema, a carnaval y a fiesta. La gente está contenta, ha salido por fin el sol, la vendedora de sombreros de paja está haciendo su agosto, Y yo disfruto de este entorno familiar al que pronto me veré castigada de no usar en compañía de mi niña, mi perra, mi oveja, aunque la tenga muy bien educada. El diecinueve de Marzo, celebran los padres su día y los dueños de los perros sentimos en nuestra alma tan fatídico día en que empieza el calendario de alta turística para la playa. Ya no podremos en seis meses disfrutar con nuestros peludos de ella, un año más. Mientras pienso esto, veo el paseo sucio, lleno de vasos de helados derramados,  lleno de papeles y de pañales usados. Aún no están las papeleras ni los servicios de playa. Veo la terrazas de los bares desordenadas y sucias. ¿Por qué se considera "non grato" a mi perro? Ella ha ido como una señorita paseando entre los dos derechita y muy modosita. Ha servido de entretenimiento para alguna abuela que le ha dicho algún piropo, a lo que ella ha contestado dejándose acariciar. Ha hecho sus necesidades antes de pisar la playa y luego mientras tomábamos café, nos ha esperado echadita debajo de la mesa, quieta y descansando del gran paseo. Sasha me temo que este año todavía no nos llevaremos la razón al huerto de que tú mereces más que muchos disfrutar de ese paseo. Paciencia un año más. Una vez más tendremos que ver como entre todas las cosas que no se pueden hacer en la playa y todo el mundo hace, hay un símbolo de "no perros", tendremos que seguir mendigando un trozo de naturaleza escondida para disfrutar contigo de un paseo. Tranquila cariño, seis meses pasan corriendo.

sábado, 15 de marzo de 2014

No me han dejado





Estiré los brazos, cogí las letras que caían del cielo
se desparramaban llenando el suelo de textos arremolinados
Algunas sólo se quedaron entre mis dedos
las guardé en un bolsillo y me las llevé
al rincón seguro,
 allí donde no les dará ni el aire ni el viento
Levanté las manos y llovían palabras
Sembraban el suelo de charcos
Algunas se quedaron enredadas en mi pelo
Levanté los ojos y caían textos
Algunos se perdieron calle abajo
otros se quedaron en mi pecho
Ahora la que estoy en el cielo soy yo
Me acompañan un montón de palabras
Mis fieles compañeros, el papel, las teclas y la pluma
No me han dejado

domingo, 9 de marzo de 2014

Sentires y padeceres


Como la mirada perdida en el horizonte
como la mirada escondida tras los cristales oscuros
Así se desliza mi mente por mi pasado,
por lo que fui,
de donde vengo
Por lo que pasé,
por lo que sufrí
Como la mano se desliza por la estela del agua
Como la mano se asoma a tomar aire a través de la ventanilla del coche
Así se desliza mi mente por mi pasado
Por lo que nunca fui,
por donde nunca pasé,
por lo que no viví,
por lo que disfruté
Como las manos ceñidas a mis mejillas
Como las brazos extendidos hacía el horizonte
Así se desliza mi mente hacía mi futuro
Por lo que seré
Por dónde caminaré
Por lo que saborearé
Por lo que viviré
Por lo que amaré

sábado, 8 de marzo de 2014

El alma trás las ventanas de cristal oscuro ( Historias recónditas de la ciudad de Cádiz)

                                                                              

No me han gustado nunca las gafas de sol, no me parecen elegantes, ni útiles, ni siquiera de pasada para aguantar el pelo como la llevan tanta gente. Cuando las he usado me han gustado grandes a lo Garbo, como para ocultarme yo entera detrás de ellas. Me llevé años sin utilizarlas hasta que uno de estos acontecimientos nefastos que te dejan las huellas imborrables de dos grandes y oscuras ojeras en la cara me hizo empezar a usarlas con asiduidad, en ese momento las más grandes y oscuras del mercado, las preferidas, las de espejo donde no se adivinaban los ojos de ninguna forma, aprendí y acepté esconder el alma tras los cristales.
En días pasados hizo uno de estos maravillosos días que anuncian una primavera insipiente en la Bahía de Cádiz. El mar estaba verde y brillante y el cielo se caía sobre nosotros de un azul intenso. Yo llevaba mis gafas progresivas de sol, ya sin acordarme el por qué un día ya no dejé de usarlas.
Son cómodas porque se acondicionan a la luz del momento y a veces se me olvida que las llevo puestas. Entramos en "El viento de levante" a tomar un cafelito y mira por estas cosas del destino que fui a la barra a pedir dos cortados, había un camarero mayor y encantador que al yo hablarle se disculpó al hacerme repetir  el pedido porque yo no llevaba los ojos puestos, entonces me sonreí para adentro o para afuera y me levanté las gafas sobre la cabeza. El hombre se volvió a excusar, y me dijo que parecía que con ellas era como que no estaba allí. ¡ Cuánta sabiduría se esconde en la intuición natural de la gente! Al momento la mente me voló hasta aquella mujer que se puso las gafas un día para no tener que llevar todo el día el alma a cuestas, porque si señores, yo soy de esas que el alma la llevo en los ojos, desnuda y a la intemperie y cuando ésta me coge un constipado la que lo sufro soy yo. Es cierto que un día me cansé de llevar el alma al trasluz y decidí esconderla tras unos cristales de color oscuro. Es cierto que en muchas circunstancias me escondí y hasta desaparecí tras esos cristales para poder hablar de cosas banales sin que se me notara que hacía rato ya no estaba allí. Aquello pasó hace tiempo, ahora uso las gafas por costumbre, por comodidad, porque mis progresivas son estupendas y me he adaptado inmejorablemente a ellas. Sigo usando mis gafas oscuras como una herramienta útil, como se deben de usar y no como un panel de protección, como un biombo tras el que esconderme, como un muro insalvable que me hacía menos vulnerable.
Ahora la que me excuso soy yo  con este texto con el señor que me sirvió el café y me recordó que ya no necesito esconderme, que mi alma es transparente para el que la quiera ver y ruego a todo el mundo que si alguna vez me paro a hablar con ellos, y llevo mi gafas de sol puestas detrás de las cuales escondo mis ojos y pareciera que no estoy allí con ellos, me recuerden amablemente que me las quite para que puedan constatar que ciertamente estoy allí con el alma al aire, como siempre.